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Notas de actualidad

Nota sobre secuelas de familia
Pedro Pablo Casalins

Se sabe que el estudio de la institución familiar y las diversas funciones que la estructuran, así como la indagación de los modelos singulares que le dan cuerpo fueron el camino obligado en la invención del psicoanálisis. Esto fue debido a que en esa época fundacional de la experiencia, ocuparse del estudio de los síntomas y su resolución llevaba a los involucrados a dar vueltas alrededor de sus experiencias y relaciones con miembros de su grupo familiar. En la actualidad ese derrotero de asociaciones en torno a la familia permanece. Permanencia en el discurso que no se debe, como suele creerse, a una coacción del analista que operaría forzando su emergencia basado en premisas teóricas, sino que esta referencia resulta ineludible para el ser hablante porque es la matriz estructurante de la subjetividad. Esa propiedad esencial de la familia condiciona el discurrir sobre los modos en que el sujeto intentó resolver los impases generados en su seno y respecto a los cuales algunos síntomas son tentativas más o menos fallidas de solución.

Ahora, más allá de las descripciones sociológicas de sus transformaciones, la familia y en particular las funciones que le dan consistencia se ven sometidos a cambios por las complejas transformaciones culturales, económicas y sociales que inducen modificaciones en la lógica con que se organizan los lazos sociales. Transformaciones agudizadas en las últimas décadas y que afectan en particular la función paterna; pero no menos también, en muchas ocasiones, la que se encuentra articulada a la madre. La importancia de estar advertidos y entender estas transformaciones radica en que la estructura y función de los síntomas se modifican. Es así que los tipos de síntomas más comunes, histéricos u obsesivos, en muchos casos muestran una variación en la función que los configura y suelen presentarse, como resultado de ello, despojados de su valor de verdad para el sujeto; lo que dificulta las vías habituales para su tratamiento. Lo mismo vale para aquellos síntomas que, aunque conocidos desde hace mucho, se expanden notablemente de un tiempo a esta parte, como son las diferentes formas de adicción o aquellos vinculados a funcionamientos sintomáticos de la alimentación. Estos, entre otros, son los desafíos de la clínica actual.

No hay que olvidar tampoco que es en el seno de los lazos familiares que se organizan los modos singulares de asumir la sexuación, con sus disparidades y disimetrías entre los hombres y las mujeres, y que los cambios aludidos inducen nuevas configuraciones sintomáticas para suturar imposibilidades. Así, si bien aún es factible constatar, por ejemplo, que es por su relación al falo que los hombres suelen cerrarse en la reiteración de un goce que se quiere disyunto del amor, amor al que suelen escatimar su puesta en palabras a diferencia de las mujeres en donde la dinámica amorosa exige su expresión y anuda en ello también su satisfacción, ahora, decíamos, encontramos también otras problemáticas. De modo tal que satisfacer a una mujer ya no siempre se puede lograr (con tropiezos, sin duda) dándole lugar a sus demandas, a sus preocupaciones y gustos; y por el lado de los hombres, es más difícil poder amar, aunque sea con ese rasgo de silencio, así como recuperar satisfacción con solo ser mimado entre sus piernas. Las razones de los fracasos en este campo muestran aspectos novedosos. Estos recordatorios clínicos en relación al amor y el goce son para subrayar en qué afectan las condiciones de estos tiempos en que vivimos las funciones articuladas a la familia, más allá de sus nuevas formas.

Las consecuencias en los hijos no son menores ya que la pobre o ausente autoridad paterna que permitiría al niño disponer de recursos para objetar el ser solo tapón de la falta de la madre, lo deja expuesto, además, a padecer en esa relación muchas contingencias como dolorosas constataciones de falta de amor y sometido a lo que solo vive como capricho materno; además de resultar inoperante en la transmisión de un deseo. Tales frustraciones del lado del niño suelen acompañar otras tantas dificultades maternas que manifiestan la imposibilidad de sostener un deseo más allá del hijo, siendo, por cierto, razón de muchas desventuras matrimoniales.

En resumen, son algunos de estos cambios que menoscaban las funciones simbólicas urdidas en la familia los que están en la base de nuevas formas clínicas, sean psicosis ordinarias o neurosis graves. Casos que no se resuelven apelando a la voluntad de responder a mandatos codificados, como algunas terapéuticas proponen, y que exigen respuestas inventivas por parte de los analistas ante lo que ya son, reiteramos, nuevos inventos sintomáticos.

13 de octubre de 2010